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martes, abril 08, 2008

ESPEJITO, ESPEJITO...


El clásico de la ciencia ficción, ya definitivamente en el banco.



¿Quién es más lindo? ¿El pito o yo?


Arthur C. Clarke y el fútbol

Hay hombres que viven un paso adelante que el resto de los mortales o, tal vez, sólo se trata que sus pensamientos nacen y se reproducen, uno tras otro, hasta la última exhalación. Arthur C. Clarke, que murió ayer en Sri Lanka a los noventa años de edad, es un ejemplo de cómo una mente brillante también puede caer en las oscuridades de la perversión. Autor de más de 90 obras literarias fue un escritor de ciencia ficción y un reconocido divulgador científico. Anticipó en sus trabajos el fenómeno de Internet, la telefonía celular y el desarrollo aerospacial. Dos hechos lo catapultaron a la popularidad: la película 2001. Odisea del espacio, que dirigió Stanley Kubrick, en 1968 -basada en el cuento El Centinela-; el otro hito fue su participación en la transmisión de la cadena estadounidense CBS cuando la misión Apolo llegó a la Luna en 1969, tarea que repitió con las Apolo XII y XV. Recibió el título de Caballero del Reino Unido por su obra y sus servicios en la Real Fuerza Aérea durante la Segunda Guerra Mundial, tras superar una denuncia de la prensa británica que lo sindicó como pederasta.

Un ligero caso de insolación es un cuento que Clarke publicó en 1958 y que, cincuenta años después, sorprende por su actualidad. Se refiere a la corrupción y la política en un país sudamericano con una mirada anglosajona que asocia a cualquier estado latinoamericano con un designio de país bananero. Clarke recurre al fútbol para referirse a la violencia que, tal como la sufrimos en la Argentina, poco tiene que envidiarle a la historia de esta obra. Hasta la Vista es una ciudad andina, capital de Perivia, enclavada a casi tres mil metros sobre el nivel del mar. Allí hay un estadio de fútbol, con capacidad para cien mil personas, que es escenario de un partido anual frente al seleccionado de la vecina república de Panagura. La mitad de los espectadores de ese trascendental clásico son miembros del Ejército periviano que, al toque de un clarín convierten en una pira de cenizas al árbitro del encuentro –que jugaba con un chaleco antibalas debajo del uniforme negro- después de varios desaciertos en sus fallos. Los militares usaron unos lujosos programas color plata –al estilo de las publicaciones que los clubes europeos entregan a los espectadores- para reflejar la luz del sol: "Nunca supe, hasta entonces, cuánta energía hay en la luz solar: en cada metro cuadrado de superficie iluminada hay más de un caballo de fuerza. La mayor parte del calor que caía sobre un lado del gran estadio fue desviado hacia la pequeña superficie que ocupaba el difunto árbitro. Incluso si pensamos en todos los programas que no apuntaban correctamente, el árbitro debe haber interceptado un calor de por lo menos mil caballos de fuerza. No puede haber sentido mucho: fue como si lo hubieran tirado en un horno. Estoy seguro que nadie, excepto don Hernando, sabía lo que iba a suceder, a sus bien instruidos fanáticos se les había dicho que el referí solamente sería cegado y puesto fuera de acción por el resto del partido. Pero también estoy seguro que nadie tuvo remordimientos. En Perivia juegan al fútbol con pasión." Ya con un juez más dócil, el local remontó un par de tantos en contra con ¡catorce goles! No en vano el dicho dice que "el dos a cero es el peor resultado".

Pero el cuento no termina ahí ya que tiene un epílogo acorde a un hombre formado en los valores de la monarquía parlamentaria británica, y digno de un scketch del Yéneral González –el personaje que parodiaba a un dictador sudamericano que lucía una banda cruzada al pecho como atributo presidencial con la leyenda "Tus amigos"-, que encarnaba el cómico Alberto Olmedo, en su programa televisivo "No toca botón".

Los funcionarios que se encargan de la seguridad en el fútbol, especialmente el ex árbitro Javier Castrilli, deberían incluir entre sus hipótesis de conflicto que un día soleado y "apto para los deportes al aire libre", se puede convertir en un infierno. Tal vez suceda cuando los barrabravas lean a Arthur C. Clarke y se digan que la realidad bien puede superar a la ficción.






Marcelo Massarino
Jueves 20 de Marzo de 2008.