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martes, mayo 10, 2005

¡NO TIREN, CHE!



PROYECTILES

(I)


(Ley de la Selva)

En la selva chaqueño paraguaya hay unos monitos, tipo tití, famosos por dos cosas. Una es por lo tontos: los atrapan con una calabaza fijada al piso, donde adentro han puesto un caramelo y donde por el agujero sólo les cabe apenas la mano. Por gula, la meten con algo de fuerza y una vez cachada la presa, no la sueltan y pierden la libertad como si fueran unos imbéciles humanos cualquiera.

La segunda es la puntería. Donde ponen el ojo... Resulta que su defensa natural, ante el peligro, es evacuar a destajo un bollito maloliente y de considerable temperatura, al que lo arrojan con una precisión misilística sobre las partes sensibles del intruso. Por ejemplo, la cara, si se trata de algún bípedo implume.

Pero eso es cosa de monos. Se ha perdido en la noche de los papeles en caótico orden que hay en todo archivo personal el día del Boca-River, por los ‘70, en la Bombonera, cuando a la distinguida visita se le acabaron los proyectiles y ante la emergencia, decidieron bajarse los lienzos. En cambio, sí se cuenta con los datos precisos de un River-Huracán, por el Metropolitano, el domingo 22 de abril de 1973, donde ganaron los locales con un penal de Pinino Mas y que fue la jornada donde a Miguel Brindisi, el célebre Perico Pérez le atajó dos, para algarabía de la rutinaria depresión quemera.

Tanto destino aciago no podía quedar así. Los quemeros estaban en la bandeja superior, de espaldas a Figueroa Alcorta, en la dichosa tribuna Centenario y en una época en que todavía la barra de River paraba abajo, en la tribuna a ras de piso. Frente a semejante adversidad del resultado deportivo, un fana famoso -por entonces no tan pulido y destacado abogado como después, para nada completando el tétrico cuadro también notorio dirigente radical de Parque de los Patricios y después hasta presidente a la institución, aunque por un lapso más corto que un pedo en un canasto- notó algo que sobresalía en la indumentaria del que tenía al lado que le llamó la atención:

-¿Qué tenés ahí?

-Una bolsita de polietileno -le contestaron sin sacar los ojos de toda la mufa que estaba sucediendo allá abajo.

-¿Y para qué la tenés?

-Qué sé yo para qué puede servir. Mi señora me la puso para envolverme el sánguche de chori.

-Dámela acá.

Ahí comenzó la colecta.

-Muchachos, pis y caca -entró el delirante a recorrer la tribuna del fracaso-. Es para el Globo, muchachos. ¡Pis y caca!

Los testigos presenciales dan cuenta que algunos, a pesar de la decisión con que se abrían la bragueta y pelaban el instrumento, puestos a evacuar los orines tomaban conciencia de lo ridículo de la situación y en vez de mearse de risa, como asegura el dicho, se inhibían a punto de no poder soltar una gotita. Lo de poner los lienzos a media asta y tratar de embocar el óbolo en la bolsita abierta y ubicada justo abajo ingresó en los anales -no se sabe si los del grotesco, los del asco o cuáles, pero de lo que dan garantía es que fue para los anales.

La bolsita era de las grandes. Fue completada hasta el mango por el líquido ambarino, espumoso y tibio. En el medio flotaban, como submarinos ingrávidos y gentiles, otros desechos más consistentes y de diferentes coloraciones por lo variado de las dietas, calibres y tamaños. El entonces aspirante a letrado, auxiliar de la justicia y custodio de los valores en el partido de Leandro N. Alem, que hace más de un siglo se quiebra pero no se dobla, fue hasta la baranda, asistido por compinches se asomó lo necesario, y procedió a arrojarle el contenido sobre las cabezas de centenares de gallinas que con la Gorda Matosas y Sandrini a la cabeza festejaban al triunfo con la jeta de oreja a oreja.

Ahora, contra los que creen que un fana futbolero es un energúmeno carente de sentimientos y conciencia social, aquí tenemos a nuestro prohombre, que más allá de la metáfora literalmente cagó a los millonarios, en una jornada histórica porque nunca pudieron entender los afectados por el meteoro cómo, de pronto, desde el cielo, podía empezar a llover mierda fresca y fragante cuando la metereología del más popular de los deportes, particularmente en la cancha de Boca, hablaba solamente, cuando mucho, de fuertes precipitaciones y hasta chaparrones de orines varios en los envases más inimaginables.

En sus huestes más seguidoras Huracán tenía a un minusválido, Omar S., tan en la mala que entonces no tenía ni para muletas. Fue este hombre de derecho y radicha hasta la médula, preclaro futuro dirigente, el que encabezó otra la colecta, de muy distinto signo, y apeló, uno por uno, a la sensibilidad de los muchachos para que se pusieran o se pusieran. La compulsión es válida si el objetivo lo justifica.

El acto de entrega tuvo a bien suceder unos minutos antes de un clásico Huracán-San Lorenzo, en el estadio coronel médico Tomás A. Ducó, donde en una sencilla pero emotiva ceremonia este custodio de los valores nacionales procedió a poner un poco de justicia social y solidaridad humana en un mundo en que cada vez todo sobra menos.

Pero si estos valores no abundan, encima están los jueces que dan comienzo a los partidos y con la pelota en movimiento y el Globito en la cancha, este ciudadano procedía a transformarse: el centro del universo se desplaza y no existe más que eso.

Faltaba poco para terminar, Huracán iba arriba 3 a 2 cuando al árbitro se le ocurre darle un córner a la visita justo en el rincón cerca de donde se había parado Omar S. con sus flamantes muletas relucientes, pegado al alambrado, y para el área del Globo, en malón, se vino hasta el aguatero de San Lorenzo y afuera, esperando el rebote, estaba por las dudas el kinesiólogo. El encargado de patearlo quiso ser Héctor Scotta, un ropero de los medianos, con una patada de mula y que encima entrenaba cabeceando baúles.

La posibilidad de un empate era inminente. Un riesgo cierto. Eso no podía quedar así.
Sin pensarlo dos veces, nuestro prohombre bajó como un celaje de la tribuna, fue hasta esa esquina, le sacó una de las flamantes muletas donadas a Omar, dejándolo totalmente escorado, y la revoleó con tan buena puntería que le dio al delantero sanlorencista en el medio de la espalda justo cuando se aprestaba a tomar carrera y poner la bocha en el borbollón del medio del área chica.

A pesar de que el tumulto inmediatamente hubo alcanzado proporciones que sólo el escándalo futbolero puede lograr, ahí nomás le manoteó la segunda (¡chauuu, Omarcito!: de cuelo al suelo), y varios de la barra, con la cabeza un poco más fría y viendo que se estaba pudriendo todo, pudieron detenerlo cuando se trepaba al alambrado y desde allá arriba iba a darle el golpe de gracia al caído, caso único de homicidio por muletazo.

Para evitar mayores bochinches, el encuentro se dio allí por terminado. Las muletas habían servido, por fin, para algo trascendental. Los exagerados que nunca faltan dicen que menos mal que todo terminó ahí, porque si hubiera sido por él, a Scotta le tiraba hasta con el rengo.

¡Vamos, Globo viejo, nomás!



(II)

La gente tira a la cancha lo que puede, no lo que quiere. Los avances en la carrera de abogado, la política y los primeros compromisos de inserción en el stablishment pudieron trasplantarlo del tablón a otra parte demográficamente más apta para su nuevo status pero no de la pasión. En medio de un Huracán-Estudiantes de La Plata, cuando arreciaba la protesta local, desde el sector plateas voló en dirección al árbitro Víctor Iturralde un saco sport muy elegante.

José María Muñoz, El Gordo de América, tenía a su cargo el relato, y con aquella prédica que tanto bien le hizo al país y caló hondo en la masa, alcanzó a decir al aire:

-Pero, ¿qué nos está pasando? Con todos los años que llevo en el fútbol y es la primera vez que veo que alguien tira un saco. ¡Muchachos, quién puede hacer una cosa así, por Dios!

En uno de los tantos modestos hogares de Parque de los Patricios, La Quema del bajo Flores y Pompeya, donde el Globo tuvo su cuna y sigue haciendo algo de flor y nata, estaban mate de por medio el varón maduro de la casa siguiendo fieramente las alternativas por la portátil y la primogénita, de rigurosos ruleros, batón y chancletas, haciendo tiempo, aprendiendo su condición de mujer argentina, en otras palabras, esperando el turno de que le tocara a ella, a partir de la tardecita, cuando terminaran los partidos y luego de que el guerrero apaciguara el cansancio de la lid con una o dos cervezas bien heladas, salir a dar una vuelta, terminar comiendo una pizza con fainá y muy de tanto en tanto, si habían ganado, tenía plata y ganas, ir a un cine del centro, todo un verdadero acontecimiento, cuando el papá abrochó el comentario del Relator de América con otro más doméstico, certero y ácido:

-¿¡Quién puede ser!? ¡Seguro que fue el hijo de puta ése que tenés como novio, nena!

No hay como la sensibilidad de un padre rigoreado por el destino al que un sátrapa sin mérito alguno encima le fifa la hija. Hoy es el suegro oficial -vía Registro Civil e iglesia, como corresponde-, pero la caracterización del yerno, aunque esta condición se haya legalizado como Dios manda, permanece intacta. Ni pensar en lo que hubiera llegado a vociferar si se enteraba que lo del saco fue porque venía de la facultad y no tuvo ni tiempo de llegarse hasta la casa, a pocas cuadras, y vestirse de hincha. Tampoco tuvo más remedio que apelar a semejante extremo porque a la portátil se la había sacudido ya mucho antes a Iturralde, y se trataba de la tercera en su carrera de arrojador.

Eso sí, santo remedio: al saco se lo devolvieron porque la gente del club lo conocía, pero desde ese día dejó de llevar apoyo tecnológico para el audio:

-Ya me estaba saliendo un presupuesto gastar tanta guita en portátiles para andarlas tirando a cada rato -confesó a los muy íntimos.



(III)

En un Argentino de Quilmes-Excursionistas, el 16 de noviembre de 1990, con un calor de aquellos, un baluarte de ese sector sur del conurbano se tuvo que volver a y en pata: había gastado las dos hawaianas de plástico en un juez de línea, tirándosela una tras otra como cachetada de loco. Lo mejor de todo es que en una jornada sin parangón en materia revoleo de calzados, poco antes otro intemperante le había tirado al juez con una alpargata.
Una. Una solita. Y nunca se pudo saber por qué no le tiró la otra, si ya la había tirado antes o por todo un estilo en el look fashion de Los Mates (educad al soberano: el mote que viene del apócope de mate cocido, infusión que los pobretones ingerían y ofrecían a la visita en los entretiempos invernales) del bajo Quilmes, había ido a la cancha con una sola.

Otro caso de quedarse en pata por la vida sucedió en All Boys-Central Córdoba, el 22 de setiembre de 1990, cuando acuciado por la impotencia un joven le tiró al juez Osvaldo Spinoza con una de las Le Coq Sportif nuevitas que acababa de comprarse, las más caras, cerca de 100 dólares de entonces el par.

A pesar de la bronca y la calidad del proyectil, el árbitro andaba por la mitad de la cancha y la zapatilla fue a dar cerca del juez de línea de ese sector, como todos sus colegas doctorado y con todos los ojo postgrado en materia de ser blanco ojo final, la toma de conciencia del apasionado, no sólo en pata sino que había perdido semejante par de calzado deportivo. Para colmo, sonado los tres pitazos, como quien no quiere la cosa, el línea juntó las dos zapatillas y se las llevó para los vestuarios, a pesar de las civilizadas recomendaciones en contrario de todo ese sector, indignados por la tropelía que cometía con todo descaro quien tiene a su cargo administrar justicia, así no se puede vivir, dónde vamos ir a parar.

Al apasionado lo ganó tal desconsuelo que un amigo se ofreció para ir a los vestuarios e intermediar con el línea, quien seguramente se suponía blanco del ataque y con derecho sobre las zapatillas, cuando en realidad al que se la habían querido sacudir por la cabeza era al árbitro, pero en el fondo éste era un amigo y colega.
La situación no dejaba de ser bien particular. Y la primera ronda de conversaciones arrojó un resultado adverso. El línea no sólo quería hacerse justicia por mano propia, quedándose con la zapatillas, sino que parece que eran del número que justo calzaba, por lo que mataba dos pájaros de un tiro.

Pero al final primaron los sentimientos: el intermediario explicó el sincero arrepentimiento del agresor, a esa altura llorando a lágrima viva, en realidad no por no haberle pegado al juez y sí que si volvía así su casa el padre lo iba a reventar a patadas en culo, el valor de los objetos, quiérase o no, la vida ya se había empezado a poner más que dura, había sido nada más que una chinche momentánea...

Bueno, esto es, traducido, hasta el otro partido que jugara All Boys tenía garantías que no se le iba a ocurrir nada semejante. Pero el línea formaba parte de ese mundo y terminó devolviendo lo que no le pertenecía y que, para colmo de su menoscabo, jamás le habían tirado a su humanidad.



(IV)

«¡Calientito los panchos!»

¿Qué es exactamente lo que tiene de obsceno la mostaza? Para algunos es esa asquerosa e insalvable vecindad cromática con el producto final de ciertas descomposturas infantiles. Lo que sea. Porque también está el olor.
Pero el caso fue que aquella fermentada tarde del sábado 6 de marzo de 1993, en la localidad de Caseros, donde el local, Estudiantes de Buenos Aires, ex Los Dandys de Villa Devoto, recibieron con los brazos abiertos a sus vecinos de San Martín, Chacarita Juniors, con su horda respectiva, hubo de todo y para todos. Con decir que algunos afirman que hasta se jugó algo parecido a un partido de fútbol.

Las dos barras se dieron antes, durante y después. Allí pararon porque el castellano carece de mayores precisiones para instancias temporales drásticas. En los vestuarios, uno de los jugadores locales se había agarrado a piñas con el DT como aperitivo. Fue un partido que a todas luces se hizo merecedor del salomónico empate que supieron conseguir.

Y cuando estaba todo listo para comenzar el segundo tiempo y el línea Jorge Romero iba caminando lento hacia el sector que le correspondía, fue que vino el festival. El destino lo había premiado con que fuera alambrada de por medio y a lo sumo un metro, exagerando, de lo más selecto de la barra dueña de casa, todos habitantes de los sectores residenciales que hay por alrededor de esos campos donde como preámbulo de la organización nacional Justo José de Urquiza, con refuerzos extranjeros, derrotó y puso en apresurada fuga a Juan Manuel de Rosas. También está flotando el recuerdo que fue por ahí, por los cercanos Santos Lugares donde afirman que hizo una aparición la virgen de Lourdes, que una chica de la más rancia sociedad porteña, Camila O'Gorman, embarazada, fue fusilada por orden del Restaurador de las Leyes por haber sido encontrada culpable de no tomar precauciones con el cura Ladislao Gutiérrez, párroco del Carmen, como si fuera poco, el que también fue atado al poste porque entonces no había paredón.

El tiempo transcurrido no ha disipado la atmósfera de épica que respiran lugareños y visitantes. El de banderín solferino iba pasando cuando sin nada previo que lo hiciera presumir, como dicen siempre los cronistas deportivos en todos los casos cogidos por sorpresa, las minorías delincuenciales enquistadas en lo más sano del fútbol sacaron a relucir lo que prolijamente habían expropiado un rato antes con ese sano propósito: los pomos de mostaza Savora y Supra que los vendedores de panchos y Paty tienen para impresionar a la gilada, porque adentro hay una berreta, que se compra al por mayor en las dietéticas y que diluyen en agua hasta que de mostaza les queda más o menos el color.

Los malvivientes dispararon a quemarropa y boca de jarro, con fuego (¿fuego? ¡chorros!) cruzado, sin que el pobre Romero (nada que ver, che, paren) pudiera atinar a nada, recibiendo las cargas completas de pies a cabeza en el negro impecable de por lo menos una docena de esos improvisados pomos de un no menos impensado carnaval, y donde para colmo lo azabache del uniforme resaltaba más el ya mencionado colorcito, poniendo mucho más de manifiesto ese resultado lo que el vulgo denomina groseramente como tono caca de nene.

Es una minoría, es cierto. El resto, sin faltar nadie a la cita, lo festejó a carcajadas y el comienzo del segundo tiempo se vio sensiblemente retrasado, a la espera que el línea Romero fuera hasta los vestuarios y regresara totalmente cambiado, con todavía algunos restos matizándole la cabellera y una sputza que entraron a seguirlo las moscas.

Las fuerzas del orden, siempre en la prevención más que en la represión, tomaron las debidas medidas para que no lo volvieran a bañar, esta vez con ketchup o chimichurri de los chori, porque las existencias de mostaza, por suerte, se habían agotado.


(V)

Sapukay posmoderno

La Primera D no tiene nada para ocultar. Tampoco plata para hacerlo. Junto con la C, andan como Adán antes que se produjera la apertura de la primer boutique unisex. Allí el fútbol argentino se muestra en plenitud y a la intemperie, tal como los británicos supieron desembarcarlo en esta parte del mundo.

Entre otras cosas, como efecto secundario de este episodio que ocupa esta parte, va a quedar también en claro, en escala menor, de qué manera la policía forma parte del negocio de la violencia y que los supuestos Operativos Especiales tienen una inflación propia que produce una plusvalía no menos especial. En un clásico de primera, si pusieron 1800 o 2000 hombres es prácticamente imposible de demostrar que hay un 15 o un 20% menos, aunque el costo sea de 27 dólares por gorra, como llegó a cotizar en ese apogeo eufórico de la decadencia que fue la Segunda Década Infame del menemismo. Pero en estas divisiones, donde más abajo no hay nada y ni la ducha es ocultada, las perversiones, truchadas, simulaciones y el grotesco quedan expuestos, más que sin pudor, naturalmente.

El sábado 14 de setiembre de 1991, en las cómodas instalaciones de Yupanqui, en el algún lugar entre Patricios y la Quema, por el torneo de la D disputaban su encuentro Deportivo Paraguayo y Lamadrid, cuando a pesar de ir los que hacían de locales gananciosos 2 a 0 su pintoresca parcialidad encontró que el accionar del línea Salvador Berardi no estaba a la altura de las circunstancias y procedieron a dejar sentados tales pareceres.

Aunque hubiera sido mejor decir, proceder a arrojar esas opiniones todavía en borrador.

Cualesquiera sea la opinión que se tenga sobre nuestros hermanos guaraníes residentes en el país, y que suman una legión, a punto de tener un club propio de fútbol, el estereotipo los ha puesto como más apegados a la caña y al tetrabrik que a otras ingestas líquidas. Pero la realidad es tirana, impía, y lo que de ese sector voló buscando hacer blanco (¿no es equívoco y habrá que decir hacer negro, dada la vestimenta de luto que tenían entonces?) en la humanidad del línea fue algo totalmente inesperado.

Al errar en su innoble propósito y dar contra el césped, Berardi levantando el banderín y corriendo hacia el centro de la cancha como si le hubieran tirado con una granada MK2, lo que quedó despachurrado sobre el escaso césped fue un sachet de yogur bebible...

El juez del encuentro, señor José Roffé, corrió presto en auxilio de su colaborador y al comprobar in situ e in visu el salvaje atentado, nunca se sabrá si porque no era de la marca o el gusto preferido, pero entendió que eso colmaba todas las medidas y debía dar lugar a la intervención de las fuerzas del orden.

Encaró hacia las instalaciones (es un decir) de la institución, donde se encontró que lo único que quedaba o siempre hubo del Operativo Especial diseñado en la semana pertinente, acorde a la nueva legislación especial vigente, era el sargento 1º Angel Basán, quien al ser conminado a si se hacía o no responsable de la seguridad de los integrantes del espectáculo, creyó que le estaban hablando en japonés, él no era, seguramente se trataba de algo consecuencia de la hora. Encima que como un castigo lo habían dejado a él solo como señal, cosa que después no se dijera, como tienen costumbre los dirigentes y periodistas, que la policía no estaba presente, cargarse con un mochuelo así, ni loco. Los otros estarían en la comisaría durmiendo la siesta a pata ancha, tomando mate o escuchando radio y él no iba a ponerse al lomo el calvario de ese maniático del pito.

-Suspendo por falta de garantías, señores -dijo el señor Roffé.

Una vez cambiados, autoridades y planteles de ambos clubes se dirigieron a la seccional respectiva de la Policía Federal donde se labró un acta de las irregularidades percibidas, a saber, el contundente objeto arrojado, la calidad de su contenido y claro e indubitable objetivo doloso del acto.

Y todavía hay más.


(VI)

Al terminar el encuentro, como es de práctica, Los Muchachos saltaron el alambrado para hacerse de un souvenir para las fiestas. Esto consiste en dejar a los jugadores propios lo más al natural posible. De paso, para matizar, dada la temperatura reinante, le pegaron a Andrés Gaitán, Juan G. Volpe, Antonio Almirón y Hernán Vicentini, jugadores profesionales integrantes del equipo visitante y que se lo tenían merecido por ese motivo o por algún otro similar, porque tampoco se trata de ser jugador visitante y sacarla barata en circunstancias de ese tipo. En la guerra virtual que es el fútbol todo es justo y está bien mientras sea con algún contrario.

¿La policía? Ni qué dudarlo, cumpliendo con sus obligaciones a carta cabal. Por ejemplo, uno de los energúmenos que había ingresado ilegalmente al campo de juego había tenido la tupé de sacarle la camiseta al 10 local, verdadero crédito de la casa, Mario Gómez, y pretendía apropiársela, algo que a todas luces constituye un leso ataque a la propiedad privada y demás. Un oficial de los que estaba a cargo del operativo lo cazó de las mechas y a pesar de la resistencia opuesta por el sujeto de mal vivir, después de no pocos forcejeos, con apoyo logístico de alguna trompadita o un patadón, consiguió arrebatársela y una vez que procedió a secuestrar el cuerpo del delito, la hizo un bollo lo más chiquito posible, se la metió abajo de la camisa y rajó para el lado del túnel.

Un recuerdo para el pibe, ¿vio?

(VII)

Los guaraníticos seguidores del Deportivo Paraguayo resultan lo más desconcertante que hay en materia de romper estereotipos. Poco menos de un año después de pasado lo del sachet de yogur bebible como arma ecológica, el 1º de agosto de 1992, jugando contra Flandria, otra vez un línea les despertó las iras y el irrefenable deseo del tirarle con lo primero que tuvieran a mano. Así que cuando voló un florido y taiwanés termo de por lo menos litro y medio en busca del blanco, todos pensaron que iba rebosante de agua helada para el tradicional tereré, pero al errarle y hacerse trizas contra el césped, la inconfundible nubecita del agua hirviendo denunció que el posmodernismo les ha dado por matizar las reuniones sociales tomando mate in the Córdoba way of life o, si se quiere, mejor The Docta style.

Caramba, si hay algo que se pierde en la Aldea Global son hasta las más rancias tradiciones...


(VIII)

El negocio futbolero es como la cosecha de mujeres de la canción: nunca se acaba. Retirado del fútbol profesional por una dura y bastante larga incursión en la droga, el Checho Batista, que supiera llegar hasta la selección nacional, encontró en la variante Fútbol de Salón una impensada fuente de recursos y para allí lo llevó a su amigo, ex compañero de la representación nacional y con la entonces disfrutando del primer revolcón (público) en el asunto, Diego Armando Maradona.

El equipo era el de Social Parque y el sábado 11 de enero de 1991 jugaron la final del campeonato contra su similar de Sarmiento de Olivos, a cancha de básquet llena y con un dispositivo policial tan efectivo como guardabarro de lancha. Se armó la de San Quintín por un quítame de allí esas pajas, a un fotógrafo del semanario Noticias que había ido a cubrir gráficamente la choluleada de la presencia del Mejor del Mundo le dieron como en bolsa y hasta a un viejo, que quedó en el medio de casualidad o se metió por vocación de servicio, también le aplicaron duro, hasta que por fin la intervención de los uniformados puso las cosas en su sitio. Es decir: dejó de haber dos bandos, uno por equipo, y pasó a haber otros dos: la gente, toda, contra la policía.

Fue allí cuando de una de las tribunas, en medio de la rechifla, puteadas de todo calibre y el grito bastante generalizado de «¡A-se-si-nos! ¡A-se-si-nos!», voló hacia el centro de la cancha, buscando al mejor lugar en donde pegar y aterrizar, un... ¡secador de piso!


(IX)

La tecnología de punta llegó a la violencia del fútbol argentino el sábado 27 de noviembre de 1993, tras un meritorio y traspirado empate entre Almirante Brown e Instituto Atlético Central Córdoba. Los de La Docta habían llevado exactamente 26 parciales; los dueños de casa, un poco más, porque la cancha les queda cerca y ese día, a esa hora, no quedaba cosa peor por hacer.

Los protagonistas no se retiraron cansados: se fueron también aburridos, pero de ellos mismos. El minúsculo destacamento cordobés, en la gran tribuna para los visitantes, quiso ponerle cierta gritería al triunfal empate, pero era tal la apatía que la barra local, Los Mirasoles, ni siquiera se tomaron el trabajo de injuriarlos o denigrarlos.

Nada valía la pena.

Como siempre, los últimos en retirarse fueron las autoridades del campo. Estaba a punto de ingresar al túnel el línea Rubén Ceballos cuando la lona que cubría el alambrado olímpico que nunca fue olímpico y supuestamente los progege de agresiones mayores fue sigilosamente corrida y por el huequito alcanzaron a ver a un chiquilín de unos 12 años, más o menos, que a la altura de la cara tenía algo en la mano y.... ¡pffff!

La nube gaseosa, blancuzca, le dio justo en el ojo derecho.

-Era una especie de gas paralizante que casi lo tumba -le contó después a los periodistas, en los vestuarios, el árbitro Alejandro Sliwa-. Por suerte, pudo recuperarse enseguida.



(X)

«¡A los rico chori!»

Si algo le faltaba al mito de El Loco Fierro (vulgata: Marcelo Gustavo Amuchástegui) para instalarse en forma definitiva como bravo serio y de aquellos fue el clásico platense del domingo 8 de febrero de 1987, jugado en cancha de Estudiantes. Tenía entonces 30 años, le faltaba poco para el final de los finales, y la leyenda de temeridad y franqueza en la confrontación le llegarían a valer hasta un sentido reconocimiento postrero de sus enemigos de toda la vida.

Ocurrió que por desinteligencias con los dirigentes de entonces, encabezados por el comerciante de electrodomésticos Héctor Delmar, se les cortó momentáneamente el chorro de entradas a favor como represalia por alguna tropelía o algún vuelto en los negocios, y las huestes triperas se encontraron con que nada menos en un partido contra los odiados pincharratas no sólo carecían del vital elemento para sortear los controles, sino un operativo policial de aquellos sobre la calle 58, que es donde está el acceso de la popular visitante.

El mote de Fierro no había sido ningún acto de imaginación. Y el agregado del prefijo Loco, además de un lugar común, más bien era resultado de una total falta de imaginación. La orden de entrar sea como sea, el que puede, puede, y el que no, aguanta, fue dada antes de que comenzara el partido. Pero la milicada los aguantó y la garroteada y persecución fue dura, incluyendo perros que los garroneó sin asco.

En suma, se comieron una goma de antología. La cosa no iba a quedar así. Años de cancha indican que en el entretiempo se produce un relajamiento general. Durante el transcurso de los primeros 45', El Loco mandó y le mandaron a pibes como chasquis: los que estaban adentro le iban a hacer el apoyo logístico de todas maneras, como siempre, lo esperaban.

Faltaba poco para empezar el segundo tiempo, los jugadores ya estaban por volver cuando lo que volvió fue lo más fuerte de la barra del Lobo con el Loco Fierro en la única ubicación que pueden tener los jefes: al frente, con el torso desnudo, y desairando al primer mote, ahí con las manos absolutamente limpias.

Fue una batalla para recordar. El cordón policial retrocedió, prácticamente lo empujaron cancha adentro y quedó contra el alambrado de espaldas, la barra ingresó casi en su totalidad, pero el jefe y algunos de sus capitostes quedaron en medio de por lo menos una cincuentena de policías de todo calibre, edad y jerarquía, incluidos los de la Guardia de Infantería.

El Loco se batió como un león, y aún sus más acérrimos enemigos, de adentro y de afuera, dicen que puso a no menos de diez milicos culo contra el piso a piña limpia. Jamás se había visto una pelea tan desigual, una paliza tan despiadada al aire libre contra un ser humano y que un hombre tuviera tanta fiereza como capacidad de resistencia. El activista sindical de los telepostales, Rubén Ovidio Oscar Moyano, de 32 años, cayó seriamente herido por el impacto en la cabeza de una granada de gases que le produjo fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica. La versión oficial pretendió demostrar que tal lesión sido producida a consecuencia del revoltoso haber querido devolver un artefacto recién lanzado y que al alzarlo le estalló a la altura del rostro. Sus amigos, en cambio, aseguraron que había sido un granadazo virtualmente a quemarropa.

En cuanto al diagnóstico de Fierro, no se dieron demasiado detalles porque al parecer la enumeración de los politraumatismos, contusiones, hematomas, rasguños y otras delicadezas convirtió a la historia clínica en un tomo de la Espasa Calpe: no tenía un solo lugar del cuerpo sin algún golpe.

Esto fue el epicentro de la batalla. El resto de la barra hizo lo que pudo y ante el notorio desequilibrio de fuerzas, cuando ya se volvió paliza sanguinaria, se agregaron espectadores comunes contra el enemigo común. Le tiraron a la policía con lo que pudieron. Como quedó testimoniado en una fotografía de la edición vespertina platense de La Razón, que mostraba al policía llevando secuestrado el cuerpo del delito, ante la desesperación de ver caer al jefe peleando hasta las últimas, uno se había ido hasta el puesto de choripán más cercano y les había revoleado con una ristra de no menos quince docenas de crudos, fresquitos y relumbrantes chacinados.

‑Hasta cenaron a costillas nuestras, los muy hijos de puta ‑fue la amarga reflexión típica de los perdidosos.

El Loco Fierro, después de una cantidad impensable tarzanadas de todo tipo, iba a caer poco después baleado por la espalda en Rosario, 19 impactos en defensa propia por supuestamente haber abierto fuego y no acatado la orden de ¡Alto!, en uno de los episodios más oscuros de la violencia del fútbol argentino, y recibir un entierro y homenaje sin antecedentes en el mundo.


(XI)

«¡Sale cóctel para dos!»

El caso de All Boys‑Atlanta es uno de los pocos que sin el antagonismo futbolero necesario se convirtió solo en un clásico de barras bravas. Se surten ritualmente a despecho de cualquier otra contingencia. Aunque todavía sin un muerto para desnivelar el marcador, tienen varios encontronazos cruentos para figurar en cualquier antología de violencia metropolitana.

El sábado 7 de marzo de 1992, dado cómo venía la mano, con la efectividad que los caracteriza, el Operativo Especial de la Policía Federal no escatimó en recursos. Que la mano venía pesada no era ningún secreto porque los jugadores quisieron cobrar los que les adeudaban y se hicieron presentes el jueves 5, a la nochecita, en la sede, y como también ya es un lugar común asimilado, vieron cumplidas con creces esas aspiraciones: cobraron y en efectivo. La barra brava les pegó tal tunda que les hizo el efecto de un cheque con fecha diferida.

Al día siguiente, El Chino, de 19 años, se deslizó sin mayores precauciones dentro de la cancha y en un lugar no muy a la vista depositó media docena de cócteles Molotov preparados con todo esmero.

Al otro día los rituales fueron los de práctica, se dieron cuanto pudieron, hubo treinta detenidos y todo el folclore. La nota inédita estuvo cuando en plena puja de cantitos previos, de aperitivo, con un amenazante in crescendo, luego de pasar por el improvisado depósito, con una botella en cada mano y ambas atrás, para que de frente no se vieran, El Chino se desprendió de su territorio en la cabecera local y avanzó hacia el del enemigo, la tribuna lateral larga, como quien va a un shopping o a comprar chicles al quiosco.

Entre las barras se conocen perfectamente. Los de Atlanta no podían creer semejante suicidio. Una vez que lo tuvieron dentro del rango de tiro le entraron a sacudir con todo una verdadera lluvia de piedras, pilas de radio, monedas y lo que encontraron.

El Chino, imperturbable, mientras le zumbaban cada vez más cerca, a riesgo que alguna le diera y lo tumbara como un pajarito, las manos siempre atrás, siguió avanzando.

Cuando estuvo tan cerca como para ser inútil tirarle con cosas, en el núcleo de la barra bohemia hubo un claro movimiento y el más decidido, un meritorio como de unos 25 años, doble pechuga, cara de pensador y músculos hasta en el pelo, entró a bajar primero para abrir punta en hacer lo que había que hacer.

El Chino lo esperó siempre con la misma tranquilidad. Cuando el ojímetro le señaló que lo tenía a la distancia indicada sacó a relucir el primer cóctel y se lo revoleó. Todavía en el aire, sin saber si iba o no a hacer blanco, como un picotón de víbora mandó la segunda botella.

Las dos, por esas cosas de la elipsis y la mala puntería, pasaron por arriba del que se venía al ataque, paralizándolo por la sorpresa durante muy pocos segundos, y fueron a dar contra la pared del fondo, donde estallaron en sendas fogonazos realmente escalofriantes.

El que se había salvado raspando de recibirse de bonzo, sin poder salir del asombro y todavía inmóvil, olvidado su primitivo objetivo de cagarlo a trompadas como figura en las respectivas Sagradas Escrituras, alcanzó a decir con toda su inconciente espontaneidad al aire libe:

‑¿Qué hacés, pibe? ¿Estás enfermo?

El Chino tuvo la mala educación de no quedarse a evacuarle el interrogante. Cumplido el cuidadosamente planeado y elaborado con anticipación, volvía a los santos repiques a casita, pegándose en las nalgas con los talones por la desesperación, pero de donde se había empezado a desprender un piquete para cubrirle la retirada y a su vez avanzar sobre territorio enemigo para aprovechar el factor sorpresa provocado, losOperativo Comando bohemios hicieron también sus aprestos, y el encontronazo que vino enseguida, a continuación, fue el de práctica, con intervención policial tardía, represión al cuete, protestas generalizadas, etc., etc., etc.



(XII)

«¡¡Graaaaanada!, tierra soñada por mí, tu caaantar...»

A Marcelo Bielsa, que fuera también DT en México y cuestionadísimo encargado de la selección nacional, en sus inicios rosarinos lo motejaron El Loco seguramente por su adicción a los chupetines bolita que devora con fruición mientras está en el banco. El estaba en ese puesto, después de una campaña rutilante, la noche que en el Parque Independencia, por la Copa Libertadores, San Lorenzo le obsequió media docena (pudieron haber sido más...) a sus dirigidos de Ñuls, club en el que había llegado a jugar como marcador de punta en primera, más debido al estado en que le dejaba las canillas a sus contrarios que a sus habilidades con la pelota.

Una noche negra, que le dicen, como si hubiera de otros colores: 26 de junio de 1992. En todo caso, sin temor a la originalidad, que el marcador no reflejó lo sucedido en el campo de juego, que...

6 a 0. ¿Se puede decir algo? Un marcador así para escarnio de la mitad de Rosario y para la cuidada y pulcra antología de los canallas, que más tarde que antes lo iban a incorporar al acervo del verdugueo nuestro de cada día.

No hay excusas. Es algo para no olvidar. Por eso, la gente y el periodismo que habla, habla y habla de los barrabravas no saben lo que se sufre: que en el fondo es un martirio, no un goce. Y con media docena adentro no se puede ir a las orillas del Paraná, a ladrarle a las barrancas. o relajar la tensión pescando surubíes. Los muchachos encararon para la coqueta residencia de El Loco, en el paquetón barrio de Fisherton, y así aclarar las cosas. Cómo miércoles ‑porque era miércoles‑ se hace para aclarar una noche negra como ésas no es materia de este trabajo.

Ellos fueron; entre pitos y flautas, contando los abriboca que nunca faltan, serían una veintena. Si tocaron el timbre como Dios manda o encontraron algún medio alternativo de despertarlo porque ya era bien entradita la madrugada del jueves 27, tampoco se sabe. Sí que El Loco salió. Nadie alcanzó a verlo si también duerme con un chupetín porque fue recortarse su figura y la barra acordarse que habían dejado la leche arriba del fuego, que tenían que llevar el nene al hospital, El Loco atrás de ellos, tratando de achicar distancia y que se le pusieran a tiro.

No de escopeta, como se dice, porque nadie habló de armas largas o de otras longitudes.

‑¡Viejo! ¡Abrigate mirá que está fresco y te vas a resfriar!

Las mujeres siempre tienen ese touche delicado frente a cualquier circunstancia.

‑¡Pará, che! ¡Pará! ‑gritaban algunos de los que iban adelante‑. ¿Qué vas a hacer? ¿Estás loco?

Sí, por supuesto: si no, ¿por qué le decían como le dicen?

Después de unas cuadras, cuando más o menos creyó que ya no iban a volver, pegó la vuelta. Ahora, que lo que llevaba en la mano era una granada de guerra MK2 es una versión que nunca se ha podido corroborar ni desmentir ni echar abajo. Los arriados tampoco pararon a comprobarlo, es cierto, para ver si todo no era una balandronada y los estaba corriendo con un juguete del pibe, ahora que hay réplicas a escala, de plástico de alto impacto, que son idénticas a las reales. Otro tanto pasa con que amagó o si directamente le sacó la espoleta y ahí los encaró en la negrura más negra que recuerda la noche de lejos más negra para la mitad de Rosario, para colmo con el 50% de su camiseta de ese color y el resto rojo sangre.

Habladurías. Por otro lado, si bien pudo haber hecho algún amague, en ningún momento la arrojó ni cosa que se le parezca. Y a él le decían El Loco de antes. Dicen que por el asunto de los chupetines, nada más, y después con el prestigio, le agregaron lo de los videos.


(XIII)

«Un francotirador ahí, sivuplé»

Tuvo a bien acaecer durante una tardecita muy melanco, tanguera, en el Doque. Garuaba finito, como es la costumbre de este meteoro, más o menos las 15:20 en todos los relojes, cuando de pronto, ¡pim!, algo hizo astillas un vidrio del vestuario local y Angel Palacios, un cincuentón a cargo de la preparación física del plantel, no tuvo ni tiempo de reaccionar, que algo como picotón de abeja africana le había hecho impacto a la altura del brazo izquierdo y al mirarse... ¡sangre!

-¡Me hirieron! -salió gritando-. ¡Me pegaron un balazo!

Faltaba poco para que terminara el partido de tercera entre Dock Sud y Comunicaciones. Diez minutos después tenían que salir a la cancha los de la primera a cumplir el compromiso por la divisional C cuando cuando tuvo a bien ocurrir este alboroto. Máxime con el día como estaba no se puede decir que era una jornada concurrida o que el fútbol es el más popular de todos los deportes.

Por lo que pudo saberse, que siempre es concretamente poco con respecto a la espuma que se levanta alrededor, primero que nada la herida del señor Palacios fue absolutamente leve: el proyectil, todo indica que calibre 22, interesó sólo las partes blandas del brazo, por lo que después de los primeros auxilios en el Hospital Fiorito de Avellaneda y algún cuidado por una posible infección, no pasó del susto.

Pero la sagaz intervención del personal policial presente en el lugar largó miradas escrudiñadoras hacia el 6º o 7º piso de los monobloques en torre 3A y 3B, justo enfrente de la cancha, como informó Crónica del día siguiente, siempre firme junto al pueblo. Esa precisión de águila, un rectángulo imaginario de unos cinco metros de altura por cuarenticinco de ancho, era en correspondencia con el lugar que ocupaba el preparador físico, cómo estaba acodado y por lo tanto cuál hubiera podido ser el ángulo de tiro más ajustado a la lógica para un francotirador tipo Lee Ostwald como dijo oficialmente el Tío Sam que hizo para tumbar a John Fitzgerald Kennedy.

Pero análisis de ese calibre serían coherentes si no estuviéramos en la Argentina. Porque si bien el herido pertenecía a las huestes locales, los que realmente pusieron el grito en el cielo fueron los de la visita, argumentando qué tipo de garantías podía haber en un lugar donde hay francotiradores.

¿Qué francotiradores? ¿Quién los había visto?

Los dirigentes de Dock Sud y el árbitro designado por la AFA, Oscar Barbero, luego de consultar con la autoridad uniformada, encontraron que existían las «garantías necesarias», y llegado el momento, entre la algarabía de los diez o doce que realmente con el ánimo a prueba de balas estaban presentes, salió al campo el local, al rato lo hizo Barbero y sus líneas. Todos, en el centro del campo, muy animadamente se mojaron un poco, el árbitro controló que se habían cumplido los 15' reglamentarios, y una vez dado el pitazo fatídico ordenó la retirada para hacer el acta correspondiente: ganó Dock Sud por walk over.

-No vamos a arriesgar la vida de los muchachos -argumentó el señor Carlos Jerez, vice de Comunicaciones-. Si el que tiró es un loco y vuelve a hacerlo, será tarde para arrepentirnos.

Caída la noche, a través de uno de los tantos programas deportivos radiales, el dirigente Graminia, del Doque, dijo que francotirador, vamos, había que ser ciego para no darse cuenta dónde estaba Palacios y dónde la ventanita del camarín visitante:

-La bala salió del vestuario de Comunicaciones -dijo el aire, como si se tratara de un bala perdida más-. Querían cualquier excusa para no jugar y ganar los puntos sin siquiera tener que salir a la cancha.

¿Si finalmante se aclaró? ¿Si es cierto aquello de que la Justicia tiene la última palabra? Públicamente no se dijo nada. Los interesados pueden preguntar en el piso 6º o 7º de la torre 3A o 3B. Ahí seguro que los van a atender. Mientras no tiren con algo...

Porque sospechar de una tramoya entre dirigentes de fútbol sería algo moralmente incalificable, mucho peor que tirarle de menos de cinco metros al pobre Palacios, que hasta escuchó claritas las detonaciones, y si hubiera sido de los monobloques no hubiera oído así le hubieran tirado con morteros.

En la violencia del fútbol argentino todas estas minucias carecen de importancia.



(XIV)

¡Huija!

Al coqueto estadio de Gimnasia y Esgrima, en la salida de San Salvador de Jujuy que va a la Quebrada de Humahuaca, le dicen poéticamente La Tacita de Plata. No lo parece ni bajo los efectos de dos damanjuanas de chicha de la buena, pero así le dicen. A mediados de 1987, en ocasión de medirse los locales con sus pares de Cipolletti de Río Negro, el juez Mario Gallina -también comisario de La Bonaerense, luego abogado, por fin a la cabeza de una de las tan efectivas comisiones para si no aminorar, por lo menos ordenar los quilombros nuestros de todos los fines de seman en cada cancha- no desató la admiración local por su arbitraje o puso al descubierto otra cosa.

Como siempre, sin niguna contingencia deportiva que lo hiciera prever, del grueso de la hinchada local partieron unas boleadoras tan bien revoleadas y dirigidas que le dieron en la zona ocular derecha y lo pusieron nocau.
Para que la anécdota haya sido incluida en esta antología el hombre de negro-policía-letrado-funcionario público no sufrió lesiones ni secuelas de magnitud. Esto fundamentalmente debido a que la telúrica y folclórica arma de caza y de guerra fue totalmente improvisada sobre la marcha. Y que en los extremos de la piola no pusieron dos piedras de los cerros, sino dos naranjas, porque el bolazo le dio tan de lleno en el coco, que cualquier otro peso específico más contundente le hubiera significado, cuando menos, pérdida de la visión o lesión cerebral grave, cuando no la vida.

‑Más que Gallina, mejor sería decir avestruz ‑fue el comentario del sector de donde partió el remolino volador, con los resultados a la vista.

Como además por aquel entonces los árbitros venían cobrando más que de costumbre, la asociación que los nuclea pidió por enémisa vez las garantías mínimas para tratar de administrar justicia dentro de un campo de juego, tal vez temerosos que la próxima fuera directamente una carga a chuza y facón.